Pero en estos momentos descubro algo, yo no soy distinto a esos vejetes, también me he sorprendido escribiendo garabatos en mi viejo cuaderno de memoria, no sé porque, pero lo hago. Estos son:
Los nudillos
Del viejo profesor
Son cómplices de los muros
Que se vanaglorian
De su impotencia.
Desde su pupitre,
Sus dedos
Dibujan mensajes
Que bailan al son
De las malas miradas.
En el aula,
Su espalda se enfrenta,
A la desidia
De rostros flagelados,
Por la inocua frialdad
De las calles sin nombre.
Las voces jóvenes,
Descansan en los oídos,
Que lo acompañan,
Ellos son la lapida
De la tumba silenciosa,
Donde residen las esperanzas
Del viejo profesor.
Dejé fluir las palabras, las imágenes sin ninguna pretensión, sin afanes de trascendencia, ¿si es poesía? No me interesa, lo que importa es desahogarse, estaba aburrido, y encontré esta solución. Talvez estas palabras sólo tengan sentido para mí, es como hacer una clases sin planificación, es enfrentarse a una manada sin miedo de ser aplastado, es peor, es asistir a una reunión sin la obligación de asistir, donde tu figura esta sólo asegurada por el miedo a no encajar con tus pares, así es. No sé porque algunas situaciones me ponen sensible o mejor dicho insensible. Termino el Consejo Técnico, es momento de partir.
El martes a primera hora el Director acompañado por el Inspector General interrumpen mi clase de cívica con el 3ºA, no es la mejor forma de empezar la mañana, me piden un minuto, como negárselo, adelante –dije, con indiferencia-, para mí sorpresa los mandamases no vienen a dar una información, vienen directamente a reprimir.
Jóvenes las cosas nos cuestan demasiado, para que ustedes las rompan- dice el director enojado-, ahora quiero que los alumnos que estaban rayando el vidrio de la sala con un esmeril, sean bastante hombrecito y salgan adelante. Frente al silencio de los alumnos del 3ºA, el Director reacciona, ¡sí yo los vi!, ¡Desde la calle!, No pude ver su rostro por el reflejo del sol, pero estoy seguro que fue en esta sala. El director apunta al final del aula y dice, -ustedes cuatro a mi oficina-, se levantan de sus pupitres los cuatro jóvenes del fondo con sus mochilas, cargado en su espalda la amenaza de expulsión si no delatan a los culpables, los mandamases me dan las gracias, y se retiran con sus sospechosos. Silencio estrectral, todos se miran, ¡que cagada!, si hasta el momento el curso se comportaba de excelente forma, cómo me traicionan, no lo puedo creer, esto no es muy bueno para mi condición de profesor reemplazante. Me paseo por la sala, y observo sus rostros, sé que debo decir algo, que mi misión es orientarlos en el buen camino, ¡já, já, já!, como si supiera cual es el buen camino. Justo el día antes, en el consejo técnico el Director habían hablado de los continuos atentados a los inmuebles del colegio y que los profesores teníamos la obligación de identificar y castigar a los alumnos sorprendidos en estos actos, las medidas debían ser ejemplificadoras, para estos caso se recomendaba derivarlos a la inspectoria. ¡Que encrucijada!, ¿Debo orientarlos desde mi experiencia?, ¡Pero no me gusta hablar de mí!, Me da la impresión, que al contar parte de mí vida, estoy trivializando mi experiencia, transformando mí sufrimiento, mí angustia, y contradicciones en un cliché moralizador, ¡Nunca me gustaron los clichés!, Mis recuerdos son algo muy intimo, para que sean ignorados, no me gustaría que ellos se trasformaran en material de burla de mis alumnos. Los jóvenes esperan palabras mías, no hay remedio, debo actuar.
¡Atención jóvenes!, ¿Saben lo que me molesta de ustedes?, Es que piensan que los profesores somos unos marcianos, unos monjes tibetanos, pero muchos de nosotros pasamos por las mismas pellejerías que ustedes, deberían atreverse y confiar más en sus maestros.
Yo también fui joven, me embriagué en las calles, caí preso y pase la noche con desconocidos borrachos en un calazo con olor a orín, me aburría en clase de Historia, lance piedras a carabineros, robé almacenes, me agarré a combo en las calles por simple diversión, besé y amé a mujeres sin compromiso y hasta fui apuñalado por una manga de pasturries, ¡pero salí adelante!, ¡ Hice algo productivo con mi viva!, ¡Ahora soy profesor!, Porque de joven siempre albergue secretamente el interés de conocer y cultivarme- sin importar lo que pensaran los demás-, porque no me agradaba que los adultos me mintieran, porque me gustaba caminar a la contra, porque anhelaba ser una persona conciente y creo que lo logré.
Pamplinas, no puedo decirlo, ¿quién soy yo?, Un cura, un mormón con traje y bicicleta dispuesto a vender mi religión, no quiero transformarme en eso. Aprovecho la estructura del sistema educacional y me cobijo en el doble estándar, lugar donde todos los profesores poseen vidas ejemplares, carentes de un pasado oscuro. Como muchos sólo hago lo que puedo.
Jóvenes, no los estoy acusando, pero si los cargos levantados por el Director son ciertos, y alguno de ustedes es culpable, sería una verdadera vergüenza. Muchachos deben darse cuenta que la Escuela será una de las pocas oportunidades que van a tener en la vida para rodearse de cultura y deberían aprovecharlo. Deben dejar de ser auto complaciente y asumir la responsabilidad que tienen con la vida y tratar de ser mejores seres humanos, y para ello deben educarse, dejar la flojera aun lado, no pueden esperar que todo se lo de hecho el profesor o sus padres, ustedes solos pueden educarse, aprovechen el tiempo y lean, lean mucho, lo que sea, escriban, desarrollen un discurso propio, rebélense ante la ignorancia o siempre van a marcar el paso. Les doy algunos ejemplos, que les pueden servir de inspiración. Los atentos rostros de los alumnos me asustan, pero su silencio es música para mis oídos, -enjoy the silence como la canción de Depeche Mode-, continúo mi clase de cívica sin inconvenientes.
El resto de la mañana se deslizó apaciblemente, lo único que atentaba contra ese equilibrio era mi voz, cada vez más tenue y forzada, cada palabra se trasformaba en una odisea, los sonidos emanaban desde mí estomago en una extenuante maratón hacia mi garganta, en ese lugar se producía una congestión donde los sonidos perdían toda coherencia, lo que salía a la superficie era una alarido suave y desgarrador, similar a una plegaria, raramente esa vibración captaba la atención de los alumnos, como si presenciaran una espectáculo donde la muerte era el juez de todos los acontecimientos pero que nunca dictaba un veredicto, era lo más parecido aun encantador de serpientes, por lo menos así me sentía. Fueron unas clases excelentes.
Me carga enojarme antes del almuerzo. Un mocoso desagradable y tonto de nombre Cristián Pílquiman del 3ºA logra ganarse mi desprecio, el tipo molestó e interrumpió toda la clase, le llamé la atención y le dije que era la última vez, pero me contestó mal y lo anoté en el libro de clases. Hasta ese momento todo era normal, la clase se desarrollaba en completa calma, pero al finalizar Cristián me fue a buscar a la inspectoria.
El desfachatado me exige explicaciones por la anotación. No me hago problema, se las doy.
-¿Profe usted no sabe lo que hizo? –me dice en tono desafiante.
-Claro que sí, te anoté, porque no me dejabas desarrollar mi clase.
-no sabe que por esa anotación me pueden expulsar del colegio.
- no sabia Cristián, pero ese problema lo podemos solucionar fácilmente-, digo conciliador.
-¿y como?, Pregunta alterado.
-Mira, si tú te comportas bien en las pocas clases que quedan, te coloco una anotación positiva, diciendo que haz mejorado tu comportamiento y rendimiento en la sala de clases.
- ¡esta equivoca’o Profe!, ¡Yo no voy a mejorar mi comportamiento!, ¡Yo no cambio, yo soy igual en todas las clases!
- bueno ese es problema tuyo, ¡porque yo soy un hombre hecho y derecho! Y si tu piensas que yo voy a cambiar mi carácter por ti, estas equivocado, eres tú el adolescente, tú tienes la oportunidad de cambiar, si no lo haces ahora después va a ser más difícil que lo logres, yo te doy una alternativa, si no la toma, es problema tuyo.
- no pasa profe yo no voy a cambiar. Además usted no sabe lo que hace, - dice Cristián en tono amenazador.
- ¡en eso te equivocas tú!, Yo sé lo que hago, - respondo sereno.
Pílquiman se retira con cara de ogro, chispeando los dedos.