miércoles, octubre 26, 2005

Medio Poeta.

Encandilado por las palabras
lo confieso.
¡Soy medio poeta¡
sólo medio poeta,
y no es fácil para mí
reconocerlo.

La mácula sentencia
Del tiempo sigiloso,
Me aterra.

Apreciar las cosas
A medias tintas,
Me aterra.

Sentir que la mitad
Del mundo apesta
Y que el resto
Es una mierda,
Me aterra.

En el horizonte próximo,
Visualizo la respuesta.
¡Sólo soy medio poeta¡
cómplice del ardor grotesco
y enamorado de la esquiva belleza.

Convivo a diario
Con estas dos grandes proezas,
pero estoy cansado
de tanta tormenta.
Lo reconozco.
¡Sólo soy medio poeta¡

Razón que me acerca
a medias certezas,
consuelo digno
de mediocres promesas,
nadie puede vivir
en paz siendo medio poeta

lunes, octubre 17, 2005

JAQUE A LA REINA. ( IV Parte Y FiNAL)

-¿Si quieres te puedes quedar en mi casa?

-mmm... no gracias.

-¿Yo duermo en el sillón si te incomoda?

-no seas tonto, eso no me incomoda, pero de todas formas no te preocupes, me voy al departamento de mi hermana.

-entonces te voy a dejar- pregunto resignado.

- ya, vamos.

Hermano tiene una monedita, pregunta un tipo a la salida del metro Unión Latinoamericana, le contesto que no tengo, pero Marina se acerca a él entregándole cien pesos. La observo, ella inevitablemente me produce esa rara sensación de ternura cuando comete estos actos de vana generosidad, ella me mira y me pregunta si pasa algo, le digo que no. Me toma del brazo, inmediatamente me desentiendo de él y cruzo mi brazo sobre sus hombros, atravesamos las calles lentamente, no conversamos de nada en particular, básicamente caminamos en silencio, observando las calles vacías, y el amanecer. El silencio es un lugar donde los dos nos sentimos cómodos.

- este el fin de velada.

- Sí .

-Bueno, entonces me llamas por teléfono.

- No Marina, yo no te volveré a llamar.

- ¡a que tonto!

Su rostro cambia ese aspecto de dulce tensión por la despedida de besos robados por una actitud de despecho. Yo sé que no es la mejor forma de terminar la noche, que la ofuscaría con mi declaración pero es lo único que puedo hacer para no sentirme traicionado. Las señales están ahí, sutiles, pero intensas en sus efectos, depende de mi dar el paso hacia delante, debo jugar las cartas de la gentileza, entregarme íntegramente a sus veleidades, unas palabras de candor y unos minutos más tarde estaré con Marina recostado en la alfombra del departamento de su hermana amándonos como en los tiempos idos. Por un segundo dudo de mi decisión, ¿por qué ignoro el deseo que me provoca su generoso cuerpo?, ¿Volveré a tener nuevamente la oportunidad compartir un tiempo intimo con ella?¿, ¿Cuál es el error?, ¿Por qué no entregarse sin dificultad?, ¿Sin dolor?, ¿Sin un pequeño drama doméstico?, Pero la jugada ya fue cantada, con duda y todo, estoy completamente seguro que es lo correcto, sucumbir a sus deseos sería una categórica derrota.

-no te volveré a llamar.

-¿por qué actúas así?

-¿así cómo?

-como un imbecil.

- ¿por qué te enojas?, Yo sólo dije que no te volvería a llamar por teléfono, pero eso no significa que no nos volveremos a ver.

-¿Por qué no quieres llamarme?

- es difícil de explicar.

-inténtalo.

- haber, mira… es qué… Realmente es complicado, otro día te explico con calma.

- pero qué... es lo tan complicado que tienes que decirme.

-Pero si es obvio.

-para mí no, Roberto.

-bueno, entonces llámame tu, porque yo no lo haré.

Vacilante, herida, se acerca, me besa la mejilla, da media vuelta y entra al departamento claramente indignada, la observo hasta que entra al ascensor, su despedida me hiere los brazos y el cuerpo, como cera candente que gotea de un cirio. Espero el microbus en la plaza Brasil, sus callejuelas están empapada por el rocío. De mi nariz se eleva el vaho tibio del aire exhalado, me siento cansado, satisfecho y confundido, arriba las personas que viajan conmigo, que vuelven o van, no se ven mejor que yo, sin duda he realizado una jugada arriesgada.

lunes, octubre 10, 2005

JAQUE A LA REINA (Tercera Parte)

Miro esas gorduras que se bambolean con los masajes de ese adefesio dark, aún no puedo develar si esos dos son una pareja hétero u otra cosa, donde el más disminuido físicamente es el supuesto varón, dada la lamentable dimensión corporal del individuo, destacándose su raquítica silueta, por otro lado está esa fémina monstruosa, de mohicano azabache, ojos pintados excesivamente con rimel negro, la cara cubierta de una base blanquecina, caracterizándola como una criatura digna de un filme de horror, hay que agregar que sus físicos de grasitudes desbordantes se asemeja a un trompo surrealista adornados por cadenas, y un espeluznante collar de perro con una puntas metálicas de unos 15 centímetros. Para ser sincero-le digo a Marina-, su aspecto no es lo que más me llama la atención, sino su ambigüedad, porque mirándolas bien es una pareja de lesbianas, pero parecen hombres, además se besan de una forma tan desenfrenada, ¡que me asustan¡ imagínate si estuviera borracho y una de esas mujeres quisiera abusar de mí, ¿tendría que morir por la patria?.

-¿Qué dices Roberto, si tú ni siquiera crees en la patria?-dice Marina entre risas.

-tienes razón.

- no hables tonterías y vamos a bailar.

-bueno, pero bailamos en la pista donde tocan rock indie o britpop, bueno tu entiendes, no es que me guste, pero es lo más pasable.

-si, si... mi roquero- dice Marina.

¡Toma mi mano Marina!-, Ella graciosamente la extiende, el pincha discos coloca Irresponsables de Babasónicos, la gente grita de emoción mientras los tambores retumban el los oídos de los jóvenes deseosos de emociones, ...“somos culpables de este amor escandaloso, que fue lo mismo que pasión alimentó”, Marina se ríe y se deja llevar por este juego que propongo, nos tomamos de las manos, abrazándonos, alejándonos, desplazándonos por la pista de baile como un tango bizarro mezclado lúdicamente con un vals trasnochado de cantina, cara a cara nos miramos, puedo sentir su respiración, la tomo y la inclino entre mis brazos, ella se entrega a mis movimientos, ejecutando la típica posición donde el galán de las películas románticas de los años 50 besa a la doncella, me acerco lentamente al momento, mi boca cae victima de su encanto, deseosa de masajear húmedamente sus labios, mansa se acerca a su destino, manejando la levedad del momento “que en el remanso de la noche impostergable / nos avergüenza seguir sintiéndonos / poco a poco fuimos volviéndonos locos / y ese vapor de nuestro amor / nos entrego con su licor / y culpa al carnaval interminable / nos hizo confundir irresponsable”. Mi boca elige otro destino, su piel tersa la recibe con su suave sudor, beso su cuello y lo muerto delicadamente, sé que Marina no se va a retractar de mis acciones, pero no puedo dejar de pensar que existe una mínima posibilidad que ella me pueda rechazar, y ese hecho seria catastrófico para mis recuerdos, donde la dignidad es mi único soporte, a pesar de ello sigo con el juego, deslizándome de una manera más intensa, nuestros cuerpos están juntos, ella puede sentir como mi corazón golpea su pecho, dócilmente Marina deja que introduzca mi pierna derecha entre sus piernas, la tomo firme por la cintura, se que debo besarla, que sería la mejor manera de cerrar este pasional baile, pero mi orgullo es más fuerte y no lo hago, sin embargo mi corazón late intensamente, y con Marina nos miramos, entregándonos una sonrisa.

Realmente sé lo que debo hacer, a pesar de esta claridad, mis deseos me llevan a resistirme, por eso trato de contener ese vendaval que tengo en el pecho. Entre canción y canción reflexiono, ahora entiendo porque la gente baila, tal vez sea una señal que me redime, que ese tipo raro, alejado del mundo, que las personas de la universidad y de mi barrio piensan que soy, se ha trasformado en otro de los individuos que baila con una atractiva mujer. Mi pecho esta ligeramente humedecido, encantado por los movimientos de Marina, en estos momentos me gustaría que el baile fuera un tipo de contacto extra sensorial que me permitiera conocer las cosas que piensa, que sentimientos y divagaciones pasan por su cabeza, cual es la verdadera imagen que tiene mí y las sensaciones que experimenta cuando la miro en ese segundo premonitorio que antecede a un beso, porque exactamente eso, es lo que me gustaría hacer.

lunes, octubre 03, 2005

JAQUE A LA REINA ( Parte Dos)


La rabia contenida se ensancha en mi pecho, la perla se puede tomar unos tragos con un desconocido y dejarme plantado por más de una hora, pero no quiere tomarse una maldita cerveza con quien fue su pareja por más de dos años, no entiendo para qué cresta quiso salir conmigo. Bueno en el fondo sé porqué, o creo suponerlo, pero me cuesta creerlo.

Marina me pide que bailemos, la pista central esta repleta, cruzamos por medio de la gente, dejamos nuestras chaquetas en el piso. Me cuesta moverme, no puedo comprender las melodías de The Cure, me siento tonto y me muevo como tal, ella danza, a veces cierra los ojos, no entiendo por qué lo hace, nadie se puede poseer por esta música deprimente, ¿estará drogada?, No creo, ella nunca fue buena para eso, con suerte se habrá fumado un par de pitos en su vida, por lo menos conmigo no ha fumado ningún cogollo. Después de unos minutos me siento algo más cómodo con mis movimientos, al menos sé que mi baile no es tema para nadie de los presentes, al menos no he observado que ninguna persona se haya caído al piso victima de un ataque de risa, al contrario la gente se desenvuelve alegremente, ignorando a los demás, disfrutando de su metro cuadrado. Marina goza la música, por mientras me dedico a elaborar un catastro de las mujeres que fluyen a mi alrededor, calificando al paso su belleza. Cada vez hay menos espacio para moverse, a mi espalda tres mujeres bailan entre ellas, una punk de chaqueta de cuero y polera verde, que esta acompañada por dos mujeres góticas que traen puesto sendos vestidos negros con encajes, la más delgada luce un corsé rojo con cordones negros, se ve bastante guapa, la otro fémina es una mujer joven, obesa, de unos veinte años, que modela orgullosa una carpa mortuoria. Es esta gorda mujer la que más me molesta, con sus desenfadados movimientos de campana de catedral Medieval, me desplaza de mi sitio cada cinco segundos, un paso de baile suyo es un golpe en mi espalda, me trato de alejar, pero su volumen me persigue magnéticamente. Estoy contento de estar esta noche junto a Marina, la tomo de los brazos y la coloco de espalda a la mujer de anchura universal, como si de esta forma Marina estuviera cancelando la afrenta del plantón.

Quiero tomarme otro vodka, Marina me acompaña a regañadientas, se sienta, prende un cigarrillo, ella no quiere nada, pero igualmente le compro una cerveza, y la coloco sobre la mesa. Bebo tranquilamente, intensamente la miro a los ojos, pero este gesto no parece incomodarle. Le cuento de mis proyectos, que en mis ratos libres–que son la mayoría- estoy escribiendo cuentos, con el claro objetivo de mantener la mente despierta y que prontamente voy a iniciar una investigación sobre la “educación en las mujeres anarquistas de principios del siglo XX”, evitando a toda costa hablar de trabajo, y de las pocas perspectivas que el mercado laboral me ofrece. Fue esa una de las razones de nuestra ruptura, sin duda la cesantía es un tema que nos indispone a los dos. A pesar de ello, la conversación es fluida, debo reconocerlo lo estoy pasando bien, nos reímos de todo igual que antes. Ella me trata de tonto y yo la trato como una princesa, Marina no puede creer que siga igual de observador, encajando mis ojos en los demás, buscando las mediocres particularidades de los otros, le comento que talvez sea mi alma de niño cruel la que se manifiesta en esos episodios, -puede ser Roberto-dice ella, - pero tú no eres cruel. Lo mismo pienso yo, Marina.

Sin querer mis ojos se abalanzan sobre una pareja de extraviados seres noctámbulos, una pareja que podrían ser los niños símbolos del grotesco sadomasoquismo vampirezco que asiste a esta Disco, están en un rincón besándose desaforados sobre sus cadenas y punzones que traen adosados a sus vestimentas, mientras los observo, Marina me recuerda todas las cosas que no hicimos juntos como parejas, (palabras que trajeron directamente a mi cerebro la imagen de su negativa cuando hace tres años la invite a pasar una semana en la playa) comienzo a enumerar la tareas inconclusas:

-No Salimos Juntos de vacaciones a la Playa, al campo ni mucho menos a la cordillera.

-No fumamos marihuana, ni mucho menos lo hicimos volado.

-No asistimos a ningún Recital de Rock.

-No tuvimos ninguna cena romántica en un buen restauran.

-No fuimos a un motel.

-No salimos nunca a bailar a una Disco.

-No subimos ningún Cerro.

-Nunca nos Emborrachamos juntos, sólo me emborrachaba yo.

Este comentario de Marina, me hizo plantearme que tipo de relación tuvimos, la de unos jóvenes vigorosos o la de unos viejos decrépitos, ¿Qué cosas hacíamos para divertirnos?, Pregunta que inevitablemente saca una sonrisa de mi rostro, ahora que lo pienso, eso dos años que estuvimos juntos puedo catalogarlos como la edad de oro, y es cosa rara, fue justo uno de los periodos más recios de mi vida, como no acordarme de los días en la U.T.I. y de la semana que pasé en la sala común del Hospital del Tórax, son cosas que siempre recordaré por el resto de mis días, no cualquiera puede contar que sobrevivió a 16 puñaladas, 5 de ella perforaron el Pulmón izquierdo, una el muslo, un par de ellas rebotaron en el omóplato, otras en las costillas y una que corto mi mejillas. Mi primer día de visita en el Hospital ella no alcanzó a llegar a la hora, le pregunté a Orlando si le había avisado, me contestó que si, yo la buscaba entre los rostros amigos sin resultados, la visita terminó, todos se fueron, cuando menos lo esperaba ella apareció al atardecer, con sus ojos achinaditos y una gran sonrisa en los labios, soy un tipo duro, aunque me resistí, un par de lagrimas cayeron de mis ojos y mi garganta de transformó en un nudo, ese día como nunca me sentí fuerte, querido, algo muy cercano a la plenitud de mis emociones que otros llaman felicidad.

lunes, septiembre 26, 2005

JAQUE A LA REINA (Primera Parte)

La esperé por una hora cuarenta y cinco minutos en un vertice de la plaza Brasil. Parecía un taxi boy parado en la esquina, ansioso por abordar a un cliente. Pero no, la estaba esperando a ella. Nunca la había puteado tanto en toda mi vida. Ni cuando ella había terminado conmigo. Sentía una ansiedad tremenda, me sentía como un cretino. Ella se había tomado la molestia de invitarme a salir y en menos de una hora se había olvidado completamente de nuestra cita. No puedo sentirme de otra forma que no sea como un prefecto idiota.

Por los corredores de la fría plaza deambulan escasas personas, la mayoría transita hacia el jolgorio. Mi piel padece de la fría humedad del Santiago invernal, y justo aparece, Marina con su chaquetita ploma que combina elegantemente con un vestido negro ajustado. Cuando me saluda me regala una sonrisa picara y yo solo quiero matarla, se deshace en disculpas que prefiero ignorar. Subimos al departamento de su hermana, en el ascensor percibo un leve hedor a licor. Me comenta que estuvo bebiendo un trago con un amigo que conoció por casualidad en el teléfono, el desconocido marcó el número equivocado y logró entablar una conversación que ahora era la principal causa de mi plantón, además me comenta que el tipo es muy simpático, tal vez quiera provocarme celos, pero eso me cae como un ají en el orto. Trato de mantener el control de mis emociones, me muestro indiferente, como si me diera lo mismo lo que ella hace o deja de hacer. Me molesta su risita, su desfachatez y ese aparente misterio del cual hace gala, además hay que sumarle el hecho que me dejó esperando por más de hora y cuarenta minutos.

Saludo a Jessica, la acompaña un grupo de amigos que apenas cabe en el pequeño departamento. Me sirven un tragó de bebida. La mano me tiembla, aún estoy molesto y Marina sigue pidiéndome disculpas, y eso me irrita aún más, por eso le recomiendo que se deje de excusar. Ella me mira como si hubiera realizado una travesura y se sienta coqueta en un sillón. Me pregunta si nos quedamos, yo le digo que no.

Caminamos por la plaza Brasil hacia el este, juntos volvemos a recorrer las callejuelas del casco antiguo de este sector de Santiago. Ella me toma del brazo. Conversamos de nuestros comienzos, Ella trata de recrear nuestros primeros encuentros románticos en la Universidad, me relata acontecimientos que no guardo en la memoria, se emociona al recordar esos supuestos días donde éramos felices, recorriendo los rincones de nuestros cuerpos, explorando todos los abanico de nuestra juvenil sexualidad. Ella se acuerda de mi polera a rajas azules, esa que parecía de marinero, de las historias de vacas y potreros que inventé cuando la conocí, mostrándole el inexistente mundo salvaje de los Fundos Peñaflorinos. Ella enganchó de inmediato, era que no, sí le encantan los animales.

Iba a ser mi primera vez, me avergüenza reconocerlo, nunca había entrado a la discoteca Blondie. La morena de pelo corto quería divertirse, saldando una deuda del pasado, después de tanto tiempo me quería enseñar un sitio nuevo, según ella, esta experiencia podía cambiar mi visión de los locales nocturnos.

Ella pide una cerveza, yo en cambio pido un vodka tónica, nos sentamos en un rincón de la sala bar, en el otro extremo hay un tipo colocando videos antiguos de The Cure. El ruido me impide escuchar las cosas que Marina trata de decirme, acerco mi cara a la suya, y ella se desliza peligrosamente hacia mi oído contándome lo mucho que me ha extrañado, que aún no se a podido olvidar de mí, me recuesto sobre el respaldo de mi asiento y la observo con distancia, Marina no me decía cosas como estas cuando estábamos juntos, nunca pronunció la palabra “te quiero” frente a mis ojos, por qué ahora actúa de esta manera. Ella sigue hablando, yo la escucho atento, cuando me pregunta algo le contesto con monosílabos, porque tengo la sensación que si me explayo en mi respuesta no voy a dejar de hablar y a medida que avance el tiempo me voy a transformar en una persona monotemática, que aburriría hasta una monja, además me encanta como ella se expresa, sus movimientos, su voz, lo mejor que me puede pasar es que ella maneje la charla.
- ¿Encuentras que estoy gorda?

- No para nada, estas estupenda, tu sabes que siempre te he encontrado riquísima.

- ¿Tu crees?

- Si estoy seguro.

Marina me muestra su pierna y se levanta la falda sobre sus rodillas.

- Mírame las piernas, ves, estoy súper gorda.

Deslizo unos de mis dedos y lo apoyo sobre una de sus piernas, y avanzo unos centímetros hacia arriba.

- Marina no me vas a convencer, estas riquísima.

Saco rápidamente el dedo de su pierna, como si ella fuera un auto nuevo al cual acabo de limpiarle una pequeña mancha y vuelve a tener la carrocería resplandeciente, pero en el fondo su piel me quema, ¿la distancia ha extraviado la confianza que existía entre nosotros, razón que me impide tocarla?, Quizás será que hoy me siento intimidado por el reencuentro, por la posibilidad bastante cierta que en el transcurso de la noche vuelva a experimentar cosas por ella. Que mentiroso soy, si desde el primer momento me he sentido atraído por Marina y eso es un factor que el tiempo no va a cambiar. Me siento listo, quiero tomarla de la mano, correr hacia un rincón, besarla, sujetarles las caderas y acercarla hacia mi pelvis, puntearla con mi pene que crece a cada movimiento suyo, sentir como se excita, contornearnos y besarnos hasta que ella caiga entre sollozo pidiéndome que la saque de ahí. Ella lentamente se tapa las piernas, ingiere un sorbo de cerveza y me dice que no quiere beber más.

miércoles, septiembre 21, 2005

Una Caida en una Noche de LLuvia.(Segunda Parte y Final)

El Taxista me preguntó a donde iba específicamente, que él me dejaria en la puerta y respondí que a un topples de un nombre extraño, algo terminado en Internacional. Al final, le terminé preguntando sobre los mejores prostíbulos del centro y él me entregó su ranking.

-Pues, hazte famoso y llévame a uno- dije decidido.

Partimos, nos bajamos en la entrada del parque Forestal y subimos por una escalera contigua a un famoso bar capitalino. Ya en la sala de estar, se presentaron las meretrices y justo en el momento que elegiría a la que aliviaría mi acumulación viril, me escudriñé los bolsillos y no encontré dinero.

A pesar que sabía de ante mano que no podía pagar ningún servicio, traté de llegar lo más lejos, sólo me conformaba con ver los cuerpos de las putas y su fina ropa interior, pues uno nunca sabe cuando puede necesitar sus servicios, pero en el momento que un matón vestido a la usanza flaite callejera, con un vistoso gorro de polar en la cabeza, se acercó de manera intimidatoria, observé el panorama de forma clara, ciertamente no había tomado la mejor de las decisiones, para salir del paso airoso, hablé fuerte, con tono imperativo y firme, inprovisé, tiré el tufo ardiente del alcohol a los que se acercaban a conversar conmigo, mientras le aseguraba a todos los presentes -por la honra de mi madre- que el taxista me había robado.

Bajé rápidamente las escaleras del departamento putero y salí a la calle. llovía muy fuerte, me protegí de la lluvia debajo de una cornisa de un edificio, había otras personas que esperaban el microbus para ir a sus trabajos. Un tipo me habló en una coa indescifrable. Me preguntó dónde venía, -no sé si le respondí-, el tipo de barba y peinado estilo pichichi chileno y chaqueta de cuero, me estudiaba, primero me miró a los ojos, escudriñó mi rostro, y procedió a mostrarme un paragua nuevo de color azul. - ¿Quieres el paragua? Me preguntó, sin darle más vuelta al asunto le contesté que sí. Fue en ese momento cuando todo se volvió confuso. El tipo introdujo sus manos en mis bolsillos, reaccioné y le tomé fuertemente sus antebrazos, le dije un par de verdades:

- sueltame conchetumadre.

-calmaó compadrito.

Él volvió a introducir sus manos en mis bolsillos, y se las volví a sacar, doble sus manos violentamente, lo miré con una cara de desquiciado, me dijo algo, parece que un garabato, reaccioné instintivamente con un golpe de puño directo a la nariz, el rostro del longi de peinado Zamoranístico estaba bañado en chocolate, proseguí con una patada en la espalda que lo tiró violentamente al suelo, lo aseguré con dos puntapiés en el estomago para que no se volviera a levantar, y recogí el impecable paragua azul que botó al piso.

-Camina Gil culiao- susurré.

El flayte caminó a tientas mientras intentaba parar la hemorragia de su nariz fracturara. No esperé ni un segundo y salté sobre una micro. Pagué el boleto, miré por la ventana, escondí mi rostro con la cortina, y vigilé la calle por si venía la mano de vuelta.

La sangre fluía furiosa en mis venas, estaba despierto cuando pensé en las imágenes que se cruzaban frente a mis ojos. Las luces de la ciudad desaparecían, los rostros fugaces de los desconocidos transeúntes se mezclaban en una Juguera urbanoide que generaba un jugo agrio de consistencia mierdosa, una mazamorra trasnochada, digna de la mejor cloaca. Taaaaá, mi rostro chocó con la ventana del microbus, la herida de la ceja vuelve a sangrar, en un esfuerzo logré reacomodar mis parches, cierro los ojos y sin darme cuenta fui a parar a Pajaritos, la bajada debía ser en Estación Central. busqué un billete y subí nuevamente a una micro. De Pajaritos llegué a plaza Brasil. De ahí tomé una micro y por fin me pude estar despierto para descender en mi destino, la puta Estación me esperaba. Del terminal San Borja desperté en Pelvín (pueblo rural aledaño a Peñaflor, donde se encuentra el terminal de buses de esa comuna, la cual está enclavada al lado de un cerro con una virgen en la cima) y de ahí caminé media hora hacia mi casa, adolorido, cansado y con la cara ensangrentada, pero con un paragua azul que me protegía de la lluvia que caía copiosamente sobre mi humanidad.

tuve suerte pensé, le había dado una tremenda tunda a un longi y me la llevé pelada, parece que los flaites no salen en masa con la lluvia.

Me levanté a eso de las dos de la tarde, me bañé, me saqué los parches de la cara, revisé la herida, tenía una horrible marca en la ceja, me vestí mientras reconocía en mi cuerpo mis nuevos moretones, tenía varios en las piernas. Pasé al supermercado donde había una farmacia, compré unos puntos de tela 3M, fui al baño, me lavé las manos, al salir le pedí a una voluntaria que recolectaba dinero para los niños con SIDA si me podía colocar los puntos, ella accedió. Una vez parchado, pude ir a la Iglesia a dar mis clases de catecismo, nadie puede faltar a sus obligaciones por un simple choque con una puerta. Al final fue un simple y torpe accidente casero.

lunes, septiembre 12, 2005

Una Caida en una noche de Lluvia (Primera parte)

Entramos al Night Club a eso de las once de la noche, el Show comenzaba en media hora más. Osvaldo pidió una piscola. No me quedó otra que pedir un Vodka tónica. El recinto estaba casí repleto, había dos grupos bien definidos, los primeros eran unos oficinistas extranjeros que estaban realizando la despedida de soltero a un Gringo alto y gordo, vestido de presidiario, el otro era un lote de empleados del sector. Además de ellos la concurrencia estaba compuesta de mirones solitarios y trabajadores de la construcción. Cuando salió la primera chica, todo el auditorio se volvió loco, era una delgada morena de cuerpo fibroso y pequeños pechos, tenía unos rasgos duros en su rostro y una chasquilla calentona a media frente, su nombre era Trinity.

Las chicas se sucedieron en el escenario, el publico aplaudía a rabiar a pesar que las bailarinas no era del todo atractivas, más bien tenían un cuerpo típico de Lola de barrio, con su pequeños y sobresalientes abdomenes que eran disimulados por una faja. Me molestaba ver la cara de babosos de los viejos y los constructores, que gritaban sin parar, me gustaba permanecer distante a los acontecimientos, como si fuera un fantasma. No faltó el califa que no se pudo controlar y trató de pegarle un agarrón a las nudistas, pero el que se llevó el agarrón fue él, y no precisamente de una mujer, sino de un bestial mastodonte vestido de negro, que lo lanzó a la calle. Al finalizar el Show, pasamos a una discoteca que estaba exactamente al lado del Night Club, estaba lleno de treintonas y de jovencitas fanáticas del Reggaetón.

Junto al Osvaldo nos tomamos otro trago, y otro trago, comencé a entrar en una especie de trance al observar como se movían los ajustados pantalones blancos y celestes de las frescas jovencitas, que hacían gala de sus provocativos petos de colores.

Traté de mantenerme incólume a esos impulsos. Pero no pude, justo cuando estaba a momentos de enloquecer por una extraña ansiedad, una señora cercana a los cuarenta, de mirada caliente y de movimientos desesperados, se posó delante de mi persona y comenzó a moverse, me miró como si quisiera comerme, le seguí el juego y comencé a bailar, la señora me toma de la cadera y acercó mi pelvis a la suya, frente a ese estimulo dejé caer mis manos sobres sus pechos y los toqué suavemente, ella no dijo nada, es más me daba la impresión que le gustaba. Ella se entusiasmó e intentó posar su boca sobre la mía y me lanzó un par de lengüetazos que intenté evitar. Rechacé a la señora no por que me fastidiara demasiado, y no quisiera comérmela, sino que estaba evitando caer en un circulo perverso, uno no puedo tirar con la primera mina que se cruza por el camino, no quiero solo aspirar a encuentros casuales con mujeres desesperadas. Es triste. Quería acabar con esa racha de Wuatas libidinosas y justo elegí esa noche. Creo que me equivoqué.

Hace tiempo que no me sentía de esa manera, tan angustiado de nada, tan melancólicamente exasperado. Me siento en la barra y pido otro vodka tónica.

Traté de conversar con Osvaldo, pero en esos momentos ya no podía escuchar nada. Intenté pronunciar palabras acertadas sobre temas que no recuerdo, le dije que esperaría hasta que cerraran la disco y me iría para la casa, supongo que después nos despedimos.

Aparecieron algunos colores frente a mi cara, me dolía el cuerpo, especialmente la rodilla izquierda y la cabeza. Un joven de unos 20 años me preguntó que si estoy bien, - le contesté que algo- después de unos segundos entré en razón y me doy cuenta que tenía una herida en la ceja y que me sangraba profusamente, le pregunté al muchacho de blanco ( el cual supongo que era un camarero o cocinero) que me había pasado, Él me dijo que me encontró tirado en el suelo del baño. Frente a tamaña revelación no quise preguntar nada más. (Era un mal momento para introducirse por eso laberintos llenos de culpa, después tendría suficiente tiempo para esos resquemores) Revisé mis bolsillos, parecía que tenía todo el dinero, el celular estaba intacto, pero me faltaba mi abrigo negro. El dependiente del lugar me limpió la herida con agua oxigenada y me pasó un algodón para que lo presionara en el corte de mi ceja, al salir en busca de mi abrigo todos me miraban con si fuera un monstruo o un delincuente, o simplemente la victima de turno, el pobre hueón al cuál había que tenerle lastima.

Mi cara seguía sangrando, cuando volví a la cocina sin noticias de mi abrigo, otro tipo me detiene y me pide por favor si puede curarme la herida, pues no dije nada y me senté en una silla de metal, y moví la cabeza en señal de consentimiento. Él me colocó unos parches en la ceja para obstruir la hemorragia, después de eso salgo a la pista de baile, estaba vacía, algunos empleados hacían el aseo, busqué en los rincones más escondidos, me tropecé un par de veces con los escalones, parecía un zombi sin rumbo. Me pronto, sin querer me acerqué a la custodia y pregunté si se encontraba un abrigo negro, ellos me contestaron que sí, pero declararon efusivamente que no podían devolverme el abrigo si no tenía el comprobante, en ese instante vacié mis bolsillos sobre la mesa y busqué en mis circunstánciales cachureos y ahí estaba el boleto, arrugado como miembro de anciano.

El paradero estaba desolado, caían unas tímidas gotas de lluvia. Esperé y esperé sin resultado. Saqué mi celular y llamé al Osvaldo y le Pregunté que estaba haciendo, el simplemente me dijo que estaba en un topples del centro, me dió la dirección y le respondí que en unos minutos estaría haya.

Cuanto es, le pregunté a taxista, -él me respondió que mil pesos-, saqué de mis bolsillos un billete y se lo pasé. Después de unos segundos busqué uno de diez Lucas y no lo encontré, le reclamé al chofer que me devolviera las diez lucas, él concentrado en el volante me juró que nunca le había pasado esa cantidad y me mostró todos los lugares del auto donde guardaba el dinero. Convencido y pensando que pudo ser una mala jugaba de mi embriaguez, me quedé tranquilo. El caballero me preguntó a donde iba específicamente, él me ofreció amablemente ir a dejarme a la puerta y le respondí que a un topples. Al final, le terminé preguntando sobre los mejores prostíbulos del centro y él me entregó su ranking.

-Pues, hazte famoso y llévame a uno- dije decidido.

sábado, septiembre 10, 2005

PALABRAS DE PESCADOR

Mis palabras
suenan como
las olas del mar
repetidas, rítmicas
arrebatadas, buscando
un final.

Sin sentido
nada original,
apasionadas, silenciosas,
mis palabras
suenan como
las olas del mar.

Poderosas, calmas,
calidas, frías,
húmedas y saladas
mis palabras
suenan como
las olas del mar.

Tus oídos ,
como las estrellas,
Escuchan susurros
del viento
que suenan como
las olas del mar.

lunes, septiembre 05, 2005

Noche... No me digas Mi Amor ( II PARTE y FINAL)

La cerveza había corrido a destajo, los cuatro compañeros estaban más o menos borrachos, aunque para variar el más pasado en alcohol era Jorge. Gonzalo les contó a todos que él debía estar en el supermercado con su señora en cambio estaba aquí con sus amigos, con sus queridos compañeros de oficina. Jorge, Esteban y Javier brindaron por ello, ¡Salud! .

Ya era tarde, los cuatro amigos pidieron la cuenta. Se repartieron los gastos y cancelaron. Caminaron por Irrarazabal hacia la fuente Suiza, pidieron unas empanadas fritas de pino. Caminaron hacia J. P. Alessandri, iban a dejar a Jorge para que tomara la micro hacia la Florida. Al cruzar la calle los cuatro escucharon unos gritos:

“Mijitos ricos”, “Guachitos vengan pa’ ca que nosotros los vamos a atender como ustedes se lo merecen”.

Jorge se dió media vuelta, y observó que en el bar de la esquina dos parejas de hombres eran los causantes de los chillidos, Jorge los miró directamente y les contestó “¿que dijiste”?. La respuesta de los varones del bar no se hace esperar, el más travestido de los cuatro, sensualmente volvió a repetir sus expresiones:

“mijitos ricos”, “guachitos carnuos” - y les lanzó un beso.

Javier volvió a cruzar la calle, lo acompañó Jorge. Esteban y el Gonzalo cuando se percataron de la situación salieron detrás de ellos. Jorge se paró al frente de los cuatro hombres, y les dijo:

“Qué le pasa a los conche de sus madres”, “se van a parar la manga de maracas”.

Uno de los hombres, se levantó de su asiento, tenía los ojos pintados con delineador negro, y vestía completamente del mismo color, el susodicho encaró a Javier.

- querís atado conche tu madre, querís pelear- le dijo con voz profunda y varonil.

- no te vayas a quebrar una uña maricón culia’o- le contestó Javier.

Los tres amigos del gótico, se levantaron de sus asientos y empuñaron sus manos.

-¿quieren peliar los putitos?- dijo Javier.

-sí papito-, contestó el gótico.

El gótico salió de su asiento, avanzó hacia la calle donde estaba Javier y le tiró un puñetazo, Javier trató de defenderse y comenzó a dar desordenados aletazos al aire que no dieron en su objetivo pero logró distanciarlo de su agresor. Jorge se deslizó rapido y ajustó un certero combo al hombre gótico. El travestido salió en defensa de su amigo y le propinó un puñete a Jorge, este ni se inmutó. Esteban trató de calmar los ánimos y contuvo a los dos amigos del gótico y el travestido, que lanzaban unos golpes de pies por el costado de Esteban. Gonzalo trató de calmar a sus amigos. Los ánimos de pelea se comenzaban a tranquilizar. Jorge aún desafiaba al gótico para que peleara uno a uno y como hombre, sin los rasguños de sus anillos de vampiro maraco. El gótico se rió, parecía que estaba conforme con su cuota de adrenalina y sangre. Esteban aún tenso con la situación, intentó que los grupos se distanciaran. El travestido con un afán socarrón, se acercó a Esteban y le acarició la mejilla y dijo:

“gracias, mi amor, por defenderme”.

Sin saber como Esteban reaccionó y sacó un mortífero puñetazo que fue a parar a la nariz del travestido, éste comenzó a sangrar. El gótico histérico se puso a gritar “animal, le rompiste la nariz a mi amiga”, los otros amigos del travestido trataron de auxiliar a su compañero y gritaron en coro:

“maldito cavernícola la vas a pagar”.

El gótico trató de cobrarse el puñetazo que afectó a su amiga y se lanzó furioso y descontrolado hacia Esteban, pero el Javier le pegó una patada en las canillas que lo mandó directamente al suelo, Jorge le ajustó varios puntapiés en el estómago, Javier y Gonzalo se sumaron a la pateadura, lo golpearon hasta que el gótico no opuso más resistencia. Gonzalo les dijo que lo mejor era irse del lugar. Los cuatro amigos oficinistas corren por J. P. Alessandri, a lo lejos se escuchaban los llantos de los acompañantes del travestido y del gótico que gritaban entre sollozos de histeria.

-¡MALDITOS¡ ¡MALDITOS¡ ¡NOS LAS VAN A PAGAR PUTOS CAVERNICOLAS¡ ¡CAVERNICOLAS¡ ¡CROMAÑONES¡.

Los cuatros camaradas de oficina se separaron en la esquina de Grecia con Macul, Jorge y Javier caminaron hacia Pedro de Valdivia. Gonzalo y Esteban esperaron micro en el paradero del Pedagógico. Ya tranquilo Gonzalo le comentó a Esteban, que nunca lo había visto actuar de esa manera tan agresiva, Esteban con las manos metidas en los bolsillos de sus pantalones le contestó, que tuvo que pegarle, que no le quedaba otra opción, Gonzalo le preguntó por qué, él le contestó con la seguridad de una noche llena de cerveza, “es qué yo no soy el amor de nadie”.

lunes, agosto 29, 2005

Noche... No me Digas mi Amor (Primera Parte)

Después del trabajo Jorge, Gonzalo, Javier y Esteban se dirigieron a un bar de plaza Nuñoa. Pidieron un pitcher y unas empanaditas de queso. El lugar comenzaba a colmarse de parroquianos. Era fin de mes y se notaba que la gente estaba ávida de diversión. Los cuatro compañeros de trabajo se tomaron el pitcher y se devoraron las empanadas de queso sin realizar comentarios. Volvieron a pedir una nueva ronda de cerveza y empanadas. En el budlitzer sonaba una canción desconocida, que hablaba de ligues y diversión. Esteban observó a su alrededor como un joven tomaba cerveza y escribía algo en una pequeña libreta de color negro, él suponía que debía estar esperando a su novia y para matar el tiempo escribía un poema o unos de esos tristes pensamientos que hablan de la vida, el amor y que tanto le gusta a las mujeres. Esteban pensaba en Ximena y el por qué de su tensa relación, a veces le gustaría ser como el muchacho de la libreta negra y empapelarle la pieza con versos románticos, pero no puede.

Soltó el primer botón de su camisa y se sacó la corbata. Gonzalo se levantó de su asiento, va donde la mesera y le pidió dos pitchers, pero esta vez sin empanaditas. Gonzalo debería estar en casa, le había prometido a su señora que el viernes irían al supermercado a hacer las compras y después prepararían una rica cena. Pero no pudo resistir la tentación y aceptó la invitación de sus compañeros de trabajo.

Javier observaba al Gonzalo como servía los vasos, Javier no tenía nada mejor que hacer que tomar cerveza, a él le importaba poco si era con sus compañeros de trabajo o si estaba solo en casa viendo videos mientras comía galletas y degustaba una copa de vino. Él era un tipo raro, podría pasar meses encerrado en su departamento navegando en Internet.

Casi se tomó el vaso al seco, Jorge siempre hacía lo mismo, acostumbraba a ser el primero en emborracharse. Después que la cerveza llegaba a su cabeza comenzaba a hablar de fútbol y recordaba sus tiempos en que era una estrella del balompies. Jorge había jugado en las divisiones inferiores de la Unión Española, y fue una especie de héroe de su población, ahora jugaba en la tercera serie de un club de barrio de la Florida y no podía ocultar su prominente barriga.

Gonzalo le dijo a Jorge que podrían organizar un asado con la gente de la oficina, Esteban les preguntó sin iban a invitar a las minas del departamento de finanzas o serian sólo los cuatro con sus respectivas parejas, Gonzalo le contestó que sólo los amigos de la oficina, ósea ellos cuatro, talvez el negro Julio y el chico Sarmiento, y todos con pareja. Alusión afectaba directamente a Javier. Nadie dudaba de su sexualidad, (tampoco nadie dudaba que tenia un carácter de mierda, difícil de comprender) de hecho Javier era famoso por una anécdota que se desarrolló en un complejo recreativo cuando se efectuaron actividades deportivas del aniversario de la empresa, en esa ocasión se folló a la Karina unas de las minas más rica de la firma, Javier sin decir palabra sólo con su atractiva y picara sonrisa, tomó de la mano a Karina y la llevó a un camarín, cerró la puerta y tuvieron sexo, la gente que pasaba por el lugar se alejaba ruborizada por los gemidos de la mujer, después vieron salir a Javier del camarín sin inmutarse, en cambió Karina casi se murió de la vergüenza. Al recordar ese episodio de la vida de Javier, todos se rieron, menos él. Jorge le golpeó la espalda y le dijo buena campeón, mientras bebía los últimos sorbos de su vaso. Javier los sorprendió a todos, se levantó de su asiento y con voz firme dijo: señorita me trae otro pitcher.

Él pensaba que Ximena pronto se iría de casa si no hacía algo para detenerla. Esteban tenía claro que debía cambiar pero no sabía como,era cierto, ya no era un jovenzuelo que tiene toda la vida por delante, acababa de cumplir treinta uno y la gente de su entorno siempre le preguntaba cuando se iba a casar con esa adorable mujer que siempre lo acompaña. Hay algo que Esteban sabe con certeza y es que no quiere casarse, pero también esta seguro que no quiere dejar a Ximena. Él bebía su cerveza y buscaba al joven de la libreta negra, este no es encontraba por ningún lado, parece que se había ido.

Jorge ya borracho contó como una vez le hizo tres goles a Colo-Colo, levantaba las manos, gesticulaba, y volvía a repetir, “yo le hice tres goles al Colo, al mismísimo Ariel Salas, ese que jugaba en esa famosa sub. 17 de Chile que fue tercera en el mundial infantil de Japón, la de Neira y Rozental”. Gonzalo lo miró resignado y se preguntaba quién chucha era Ariel Salas. Javier escuchó el futbolístico monólogo de Jorge y al mismo tiempo coqueteó con una señorita que estaba sentada en la mesa del frente. Javier vuelve a sorprenderlo a todos por segunda vez en la noche, se levantó decidido de su asiento, alzó la mano y dijo: ¡señorita mesera me trae otro pitcher por favor! .

Para cambiar el tema del fútbol y de las hazañas deportivas del Jorge, Gonzalo comenzó a hablar de la Susanita y de lo rica que era. Susana Mardones era la mujer más linda de la oficina, tenía un cuerpo descomunal, un largo pelo castaño que siempre llevaba tomado y acostumbraba usar vestido de colores, que dejaban al descubierto su graciosa figura. Esteban movió las manos dibujando en el aire un trasero hermoso y comentó las cualidades anatómicas del culo de la Susana, según él ese trasero era para quererlo toda una noche. Con un vaso en una mano y con un cigarro balanceándose entre sus dedos Jorge vociferaba que él le haría cinco goles en una noche a la Susanita, y no serian goles feos como los de un principiante sino que serían golazos dignos del Matador Salas. Gonzalo se cagó de la risa del comentario. El Javier con indiferencia dice que la Susana no es solo un poto, que también tiene un cuerpo hermoso, además era inteligente, que una mina como esa ofrecía una serie de posibilidades de diversión y placer. El Jorge se rió de él y le dijo, “buena, vos él más hablador y sociable”. Javier le respondió diciendo que él era el único que tenía ciertas posibilidades de tener un romance con la Susana, Esteban se defendió diciendo que también él era el único soltero. Javier argumentó: “no se trata de eso, cuando estar casado ha sido un impedimento para meterse con una mujer exquisita como esa”. Todos quedaron en silencio por unos largos segundos. Tomó un sorbo largo y volvió a prender otro cigarrillo, Jorge se reclinó en su asiento y le dijo directamente a la cara de Javier, “mira en esto de minas tú eres como Marcelo Corrales, un goleador de equipo chico (Coquimbo Unido) y yo soy como Ronaldo, gordito pero un fenómeno, un galáctico”, y comenzó a reírse como un condenado, los demás también se rieron, hasta Javier.

jueves, agosto 25, 2005

Un Poema De Amor

Ayer recostado en mi recamara pensé en ti y fue tanta la pasión que sentí, que decidí dedicarte un poema.

Cabizbajo escribía en mi cuaderno, borraba y corregía el batallón de sentimientos que se agolpaban en mi mente.

En la oscuridad de mis cavilaciones, la noche se transformó en un río interminable. No podía pegar una pestaña por la ansiedad, mientras miraba el techo me imaginé mil veces el momento que te declamaba mis versos y a la vez te miraba a los ojos esperando una compensación de tu boca. A través de este gesto quería solucionar nuestras contrariedades, después todo sería mejor.

Y te encontré en el patio de Historia del viejo Pedagógico, justo como lo había pensado, y te miré a los ojos, pronuncié tu nombre justo en el momento que sacaba una arrugada hoja de cuaderno con mi sudado poema... y te leí mis versos.

Susana sólo atinó a abofetearme la cara. Se alejaba cuando gritó esas malditas palabras:

-¿Qué creís que soy... una Maraca? ...Hueón Maricón ...ándate a la mierda.

Y la Gente que paseaba por los jardines de esa antigua casa de estudio sólo me miraba.

lunes, agosto 22, 2005

Tardes de Cine

Irresistiblemente
la oscuridad cae,
la expectación brota,
el silencio se expande,
las imágenes
comienzan a rodar,
la soledad se desvanece,
el amor se pierde,
las heridas se evaporan
junto con las burlas,
el odio y la vergüenza.
Del piso azul alfombrado
se alzan los sueños,
las esperanzas,
las promesas vanas,
que se arrastran
hacia la luz de la calle.
En ella camino ufano
por la fragilidad del deseo,
irremediablemente satisfecho
por la sonrisa
de los risueños hombres ociosos.

lunes, agosto 15, 2005

Trasnoche

Su pieza estaba completamente desordenada, libros en el velador, arriba del televisor, a los costados de los parlantes del equipo de música y los infaltables suplementos del Mercurio del domingo desparramados en el suelo, junto a los calcetines sucios.

Alejandro descansaba sobre la cama sin hacer, observaba las noticias del canal público sin ponerle demasiada atención. A pesar que su situación se estaba volviendo insostenible, el no se consideraba un patán, sabía con certeza que esto era parte de la vida y que en estos momentos él no era un producto apetecido por el mercado laboral. Estaba preso y como buen reo debía cumplir su sentencia, para tales efectos, había desarrollado una rutina que cumplía fielmente durante toda la semana, en ella se contemplaban las siguientes actividades: salir a trotar después de cagarse de risa con los Simpsons, visitar el supermercado todas las veces posibles, leer especialmente textos de historia, pensar en su articulo sobre el movimiento obrero anarquista en Chile, ver películas, y sagradamente masturbarse al menos una vez por día.

A pesar que eran las nueve de la noche del domingo, él estaba resignado a la rutina que el día lunes le deparaba. Para cumplir los desafíos de la exigente jornada debía acostarse relativamente temprano. Una vez que sonara el reloj despertador, saltaría de la cama directo a la ducha, se asearía minuciosamente y se ensamblaría en su mejor traje, terminada esa ceremonia se sentiría seguros para salir a recorrer las calles en busca de empleo. Terminado el periplo de captación laboral, a eso del medio día y con los pies hechos polvos regresaría a casa para almorzar con su madre, leer el suplemento deportivo, ver alguna teleserie brasileña, mexicana, colombiana o venezolana, bueno, en realidad eso no le importaba demasiado porque las veía todas un poco, esos dramones solo eran la excusa para dejar transcurrir los minutos hasta que el reloj marcara las cuatro y media, pues a esa hora salía el pan caliente del supermercado. Cuando cogía el dinero de la cocina en dirección al “San Francisco”su rostro cambiaba, eran los momentos que más disfrutaba del día, y jornadas tras otra se preparaba para esa compra, en realidad le encantaba recorrer los pasillos pulcros y abarrotados de productos en busca de imágenes de guapas compradoras ocasionales, mujeres comunes y corrientes, de belleza cotidiana y alcanzable arrastrando sus vidas en un carro metálico. Él atesoraba esos paseos, pero el clímax lo alcanzaba cuando le correspondía cancelar su compra en la caja, Alejandro sacaba el billete de su bolsillo de manera descuidada como si en sus pantalones tuviera muchos de aquellos, al momento de entregarle el dinero le acariciaba suavemente su mano, esta triquiñuela no la realizaba con todas las cajeras sólo con sus favoritas.

Él tenía planificada la ruta para visitar los posibles puestos de trabajo reduciendo al mínimo la perdida de tiempo y optimizando al máximo los recursos para pasajes. Fue a buscar unas tostadas con té y se sentó a la orilla de la cama, mientras veía el FutGol, en esos momentos suena el teléfono, él sintió un suave temor, tomó el auricular y contestó:

- ¿Aló quién es?

- Hola hueón soy el Santiago.

- ¿Que huea pasó?, Me mandé alguna cagada ayer cuando fuimos a la casa de tu novia - preguntó Alejandro- asustado por alguna culpa que desconocía.

- no hueón, vos las cagadas te las mandáis siempre, pero ayer no fue así.

- ¿y que hueá pasó?

- Es que ahora van a dar una película increíble en el 13, “el hombre que amaba a las Mujeres”, esa que te había contado hace un tiempo cuando estábamos tomando en la Casa Rodante con El Negro.

Él tenia comentarios superiores de esa película, sabía que si la dejaba pasar tal vez nunca más la vería. Además no sería la primera vez que asistiría trasnochado a buscar pega.

Cuando comenzaron los créditos, Alejandro se percató que la película estaba dirigida por Francois Truffaut. Solamente había leído comentarios de ese cineasta y de los maravillosos filmes que había rodado en su carrera, como “Los cuatrocientos golpes”. Eran pasado las dos de la madrugada, el televisor prendido y ahí estaba él observando como un hombre amaba a las mujeres y las dejaba compulsivamente hasta el momento de su muerte. Pero el hombre a pesar de sus tintes machistas no fue tan malo, en el fondo ese cara dura veía la vida como un gran poema, y todas las mujeres querían ser un verso de algo bello, eso queda demostrado por el sequito de amantes agradecidas, dolidas, afligidas, apesadumbradas, y entristecidas que asistieron al cementerio a depositar su cuerpo en la tierra viva.

A pesar que él protagonista de la película estaba obsesionado con las mujeres y justificaba sus momentáneas posesiones carnales con argumentos inverosímiles pero llenos de candor y encanto, pues dentro de sus excusas el sólo complacía esa necesidad femenina del goce y el dolor. Alejandro pensaba distinto, él creía que las mujeres eran como un océano, incomprensible, a veces benévolas y otras furiosas como una tempestad y dentro de ese orden los hombres éramos embarcaciones que flotábamos en ese gran devenir de sentimientos.

En esos momentos Alejandro quiso ser como ese excéntrico casanova de cara tosca. Soñó en la posibilidad de amar a todas sus cajeras y no conformarse con tocarle delicadamente la mano cuando estas le entregaban el vuelto. Y pensó que en la mujer estaba su salvación, que sólo ellas lo podían redimir. Pero la ilusión le duró poco, pues inevitablemente la historia de su última ruptura lo golpeaba con el cemento de la realidad. Él estaba dispuesto a tener encuentros ocasionales, pero una relación en estas condiciones no, sin dinero otra vez no.

El filme había cumplido tal como se lo había comentado su amigo. Alejandro había logrado escapar de su rutina, pensó en su pasado, se cuestionó su futuro, en él nacieron nuevas dudas que lo revitalizaron, se sintió con energía, pensó en fumarse un cigarrillo, pero eso lo desvelaría, así que se recluyó en el baño y reflexionó en como transformarse en “un hombre que amaba a las mujeres”.

lunes, agosto 08, 2005

Las Fotografías.


Como decían su compañeros Rubén era un Joven píola, como cualquiera de su edad. Realizaba a tiempo sus actividades escolares, no molestaba a las personas de su entorno, evitaba compartir demasiado con los alumnos del colegio y lo que es más desconcertante, parecía no tener actividades extravagantes. Rubén vestía como un joven normal y circunspecto, distante de los habituales ropajes negros y desaliñados, alejado de toda la estética juvenil de moda, sin aros en los labios, narices y cejas, tampoco lucia tatuajes.

En los pasillos comentaban que la razón de su irremediable acto era una locura de amor, motivado por la urgente necesidad de perder la castidad. Pero su madre negaba esa hipótesis, pues nunca lo vio distraído mientras intentaba escribir alguna supuesta carta de amor, tampoco encontró fotografías de alguna compañera en sus revistas. Ni mucho menos algún nombre inmortalmente tatuado en la cara trasera de sus cuadernos.

Por eso cuando su madre lo descubrió ahorcado en la bodega de su casa, la noticia impactó a todo el pueblo de Talagante. Su cuerpo permaneció 24 horas colgado en el lugar que Rubén había elegido para su muerte, porque un domingo por la mañana es casi imposible encontrar jueces disponibles para constituirse en el lugar del suceso.

Su Madre estuvo meses tratando de comprender la drástica decisión de su primogénito. Visitó a varios doctores, comenzó a ingerir una cantidad apreciable de antidepresivos de última generación, a pesar que los medicamentos funcionaban, no podía evitar sentir su ausencia.

Después de su muerte uno de los principales pasatiempos de la Señora Helena era escudriñar en los rincones de la habitación de Rubén, a pesar que esa caja siempre estuvo anclada sobre una repisa, se demoró semanas en abrirla, pues intuía que ahí podía encontrar una verdad que a lo mejor ella no estaba preparada para aceptar. Su corazón latía lenta y profundamente, como los metódicos golpes de un Gong, sus ojos adquirieron una textura que se asemejaba a un cristal húmedo, ella posó una de sus manos en la tapa de la caja de cartón y la destapó decididamente.

La pequeña caja de cartón que antiguamente era el recipiente comercial de 10 CDS. No contenía ningún elemento revelador, solo se encontraban depositadas ahí unas dos centenas de fotos en blanco y negro recortadas de los diarios. Helena pausadamente se dispuso a observarlas una por una. Después las apiló en grupos:

1) En el primero estaban las fotografías relacionadas con las actrices de cine, entre ellas se encontraban: Drew Barrymore, Julie Delpy, Alicia Silvertones, Asia Argento, Audrey Tautou, Bridget Fonda, Irene Jacob, Juliette Binoche, Kate Winslet, Angelina Jolie, Winona Ryder, y Kathie Holmes entre otras.

2) Grupo dos, artistas: Stanley Kubrick, Bob Dylan, Jack Kerouc, Jorge Luis Borges, Robert De Niro, Jack Nicholson, Marlon Brando, Nick Drake, Lou Reed, entre otros.

3) Afiches de Películas: Toro Salvaje, Belleza Americana, El Resplandor, Perros de la Calle, Sonatime, Bleu, Blanc, Rouge, Amelie, La Naranja Mecánica, La Vida es Bella, la Otra Cara del Amor, El Padrino, y Las Vírgenes Suicidas.

4) grupos de Rock: The Clash, Ramones, Ac-Dc, Iron Maiden, Pixies, Nirvana, Mazzy Star, Radiohead y David Bowie.

5) Grandes catástrofes: un montón de imágenes sobre la Segunda guerra Mundial; La captura de Berlín, los campos de concentración, fosas comunes con miles de cadáveres de persona de Religión judía, escenas de las Batallas de Stalingrado y Normandía, y los últimos bombardeos de la guerra de los Balcanes.

Cuando la señora Helena se concentró en una fotografía de la entrada del ejército Rojo a Berlín su mente viajó hacia la figura de su marido, a Ella le molestaba sobre manera la actitud que había mostrado el Profesor Fuentes frente a la muerte de su hijo, distante, como si comprendiese las razones que motivaron a Rubén a adoptar tan lamentable decisión. El chacal Fuentes “apodo que lo distinguía en el colegio” siempre había incentivado la veta artística de su hijo, veían películas tardes enteras y no eran precisamente las de Disney. Ella por una minúscula fracción de segundo pensó que el culpable del insoportable martirio que padecía era su marido, por introducirle en la cabeza esas ideas raras, por mostrarle esas películas que no eran para jóvenes de su edad.


6) Fotos de Catástrofes Naturales: la erupción del Volcán Lonquimay, El tsumani del sudeste asiático, los huracanes de centro América etc.

7)Fotos de Crímenes ecológico: las muertes de los cisnes de cuello negro en el río Cruces en Valdivia, la tala de árboles en el sur de Chile, el incendio de las torres del Paine, los ensayos nucleares del atolón de Muroroa, la quema de los yacimientos petroleros de Kuwait y el lamentable accidente atómico de Chernobyl.


9) fotos pueblos abandonados: los indígenas aymaras después del terremoto. Los kurdos, los afganos, pakistaníes, iraquíes, y los niños hambrientos del centro de África.

10) fotos de criminales: Charles Manson, el Tila, Pinochet, Adolfo Hitler, Cupertino Andaur, el Mamo Contreras, Noriega, y G. Bush.

11) Fotos de personas desposeídas y abandonadas: una infinidad de vagabundos hambrientos de todas partes del mundo, los cuales parecían integrar la población de un país distinto y único en el planeta, donde no existía idioma, nacionalidad, bondad, solidaridad, ni las esperanzas, donde el sentimiento que los enlazaba era la penuria, el dolor y la necesidad amparada en el egoísmo.

La señora Helena al observar las fotos sintió una profunda tristeza, y más que descubrir respuestas que aliviaran su dolor, dentro de la caja encontró cientos de dudas. Pero al observar con cuidado el fondo del recipiente, -justo antes de Guardar las imágenes de papel de diario-, tropezó con un pequeño dibujo elaborado en lápiz de carbón con los suaves trazos de un bosquejo, en esa desamparada hoja de maquina estaban plasmados las últimas líneas de una vida, en ella se representaba a un joven muy parecido a Rubén, observando unas simples montañas, a los pies de un árbol que se ubicaba al costado de un solitario río que bajaba de una cumbre, y en su blanco cielo ausente de soles estaba marcada la siguiente frase: “Es Aquí donde se Encuentra mi Vida”. la Señora Helena no pudo hacer más que llorar desconsoladamente.

martes, agosto 02, 2005

Los Helados de Socrates.

Fue una sorpresa para todos cuando en el auditorio del colegio apareció un hombre de larga barba encanecida, pelo alborotado, vistiendo una túnica alba con una tela celeste cruzada en el pecho. El hombre se paró en una esquina y esperó sin decir nada, su aspecto era conmovedor, irradiaba una calma que llegaba a intimidar.

Había algo en ese caballero vestido a la usanza de los griegos antiguos que me era familiar, yo lo conocía de alguna parte, compartí esta sensación con David Soto que era vecino mío, a él también le parecía cara conocida, pero por más que pensamos no pudimos dilucidar el misterio.

El profesor Baeza, nos saludó, le ordenó a la Maria José que pasara por los puestos recaudando los 150 pesos que se habían pedido la semana anterior.

-Jóvenes tengo el agrado de presentar, a un querido amigo, él es Don Eugenio Barrientos. Quién hoy tendrá el gusto de representar para ustedes la “Apología de Sócrates”. - dijo el Profesor Baeza.

Nadie comprendía la emoción que invadía al profesor, él cual nos tenía acostumbrado a un trato distante, pero nadie le dio demasiada importancia a este hecho, al contrario nos venía como anillo al dedo, pues en tres días más debíamos rendir un control sobre la lectura de este libro.

Inmediatamente después de pasar la lista de asistencia comenzaron a suceder cosas que se mantendría en mi recuerdo por mucho tiempo.

-¿Profesor, Don Eugenio, va hacer una adaptación del libro?- dijo Cristián Romero.

-No Cristián; Don Eugenio tendrá el agrado de declamar de memoria todo el texto- dijo el profesor Baeza.

-¿Cómo se sabe el libro de memoria?- cuestionó Osvaldo Sepúlveda que era el más pelusón del curso.

- Así es Osvaldo.

La incredulidad se plasmó en todos los rostros de los alumnos del curso. Nadie podía creer que una persona se aprendiera de memoria un libro tan fome como ese. Todos necesitábamos una prueba que nos sacara de la duda. Don Eugenio que hasta ese momento había sostenido un silencio sepulcral, abrió la boca por primera vez.

-Si me permite el profesor Carlos podemos hacer una prueba, antes de comenzar la declamación.

-Sí – contestamos todos con un potente grito.

-adelante don Eugenio, la Clase es toda suya- dijo el Profesor Baeza

Don Eugenio, nos propuso un juego. Él elegiría una persona al azar, esta tendría la oportunidad de elegir una página cualquiera de la “apología” y él recitaría de memoria el párrafo que le indicaran. Todos estuvimos de acuerdo. Don Eugenio sin hacer demasiado aspaviento señaló a Gonzalo Conejeros, (que dentro el curso era el niño símbolo del onanismo) pidiéndole con amabilidad si podía decir un numero, este eligió la pagina 10, el párrafo cinco, a partir del primer punto seguido. Todos abrimos nuestros libros, pero antes que alcanzáramos a ubicar el párrafo don Eugenio había comenzado.

“A pesar de ello, explícanos, Meleto, de qué manera, según lo sostienes tú, corrompo yo a los jóvenes. ¿O es evidente que, de acuerdo con la querella que tú presentaste, al enseñarles que no creyeran en los dioses en que cree la cuidad, sino en otras divinidades nuevas, no afirmas que enseñando tales cosas yo corrompo? Lo afirmo, por cierto".

Todos quedamos asombrados, no existía duda que ese caballero era una maquina. Después de eso nadie se atrevía a cuestionar nada, en el auditorio no volaba ninguna mosca, estábamos todos hipnotizado por la presencia de ese extraño caballero. Con todo sosiego don Eugenio se posesiona en el Papel de Sócrates comenzando a declamar su apología frente a una masa de jóvenes atentos, que poco y nada conocía pensador griego.

“la impresión, varones atenienses, que os hayan causado mis acusadores, la desconozco. Yo, bajo su influencia, estuve a punto de olvidarme de mí mismo. Tal es la persecución con que hablaron. Sin embargo, para decirlo de una palabra, nada verdadero han dicho.”

Pero a pesar del magnetismo del orador, yo no podía dejar de pensar de donde conocía a este caballero. En mi memoria los rostros se trasladaban como rápidos aviones que surcaban los rincones de mi pensamiento, pinchando con prendedores el itinerario de mis recuerdos, cuando las rutas del mapa parecían acabadas, encontré la estación, su rostro, sus ropas, sus gritos y sus helados.

-David, ya sé donde conocemos a este viejo.

-¿Dónde Roberto?

-En el barrio, es el viejo Queno, el que vende los Helados San Lucia en su bicicleta con carrito.

-si me acuerdo de él, especialmente de sus largos y pronunciados gritos: heladitos a $100, tengo de Leche, chocolate, frutilla, lúcuma y de agua, tengo de piña, frambuesa, limón.

El 4º C matemático, escuchaba con atención el relato apasionado de don Eugenio, su representación llena de vida le otorgaba una claridad a la defensa de Sócrates que nuestras mentes inmaduras no podíamos rescatar en las paginas del libro.

“Pero ya es hora de partir; yo hacia la muerte, pero vosotros para seguir viviendo. Cuál de nosotros se dirige hacia un destino mejor es algo que está oculto, menos a Dios.”

Todo terminó con un gran aplauso, el Renato y el Hernán se pararon de sus butacas y le estrecharon la mano, el resto salió disparado al patio a disfrutar del recreo. Ordené mis cosas y lo observé como don Eugenio se retiraba del auditorio, grande, orgulloso, por la labor cumplida.

No fue el último encuentro que tuve con don Eugenio y tampoco con Sócrates. Al primero le compré Helados San Lucia, en el barrio y en la cancha del Torino, al segundo lo encontré en “La Republica” y en “El Banquete”.

Pero si recuerdo la última vez que vi a don Eugenio, fue en televisión, en el Programa “Éxito” de canal 13, poniendo a prueba su memoria con su luminosa apología, declamando como un poeta verso que nadie quería escuchar, excepto uno que otro loco, como yo.

jueves, julio 28, 2005

Tango 4 y Un Encuentro Canalla

Aún quedaban rastros de migas en las mesas, a pesar de esa situación se sentaron sin hacer ningún tipo de aspavientos, pues el lugar estaba demasiado lleno para empezar a buscar problemas. Ya instalados en un rincón dos de los cuatro tipos oscuros y de duro semblante dejan caer suavemente dos cajetillas de cigarros importados marca Phillips Morris con sus respectivos encendedores. El hombre moreno y espigado, que se hace llamar el Señor K prende un cigarrillo y le pide amablemente un cenicero a la regordeta mesera. Sin embargo el que parece llevar la iniciativa, es un tipo macizo de rasgos indo asiático de aspecto similar al de un Béngales. Después de varios minutos de cavilaciones, los cuatro hombres sombríos apostados en un par de mesas se deciden.

-Bueno señorita, nos trae dos perniles con agregados, ese de $5.480 y dos jarras de borgoña Grande- dijo el Béngales.

- ¿algo más?- preguntó inquieta la mesera regordeta y bigotuda de chaleco rojo.

- No- respondieron todos al unísono

No fue necesario entrar en las costumbres protocolares de las empalagosas presentaciones, todos tenían amistades en común, que los unía a los cabos desconocidos, además los cuatro más de alguna vez habían cruzado palabras en el vertiginoso mundo virtual de los bloggers, cada uno poseía un sitio donde gritaba sus bondades y perversiones con mayor o menor preocupación.

No hubo conflictos, la conversación fluyó como lo hace la sangre de una arteria herida. Las palabras no fueron simples generalidades, ni banalidades tiradas al suelo, todo giraba en torno a un romanticismo algo asceta, de personas violentadas por un pasado poco halagador, y aunque saben que las cosas no serán fáciles y que es probable que la marcha de sus ilusiones queden mutiladas en medio del camino, gozan del encuentro bebiendo un mosto arreglado con durazno.

El robusto Cuervo, el cual parecía un retirado físico culturista o levantador de pesas, alzó las copas y brindo por todos, recalcó las bondades de los gritos ajenos, sin darse cuenta que en esos momentos su voz sonaba más fuerte que la de cualquiera, con un tono distinto que ansiaba alcanzar una sonoridad particular y única que lo distinguiera de los demás, más de alguno de los contertulios se lo hizo saber en ese momento, aunque Él no daba completa fe de los comentarios de sus camaradas de vasos.

- Las Putas son distintas a todo los demás- dijo el Béngales convencido de haber dicho una verdad absoluta.

Él escuchaba un tema en el discman, con unos bits demoledores pero a la vez elegantes y subversivos que llamaban a la Da Rebelión, una rebelión que postulaba un remezón de cama, una evolución hacia alcobas sin temores, de sexo libre, con una consolidada actitud de suicidio emocional que en las mujeres que no son meretrices es casi imposible encontrar.

Esa noche el cuarto integrante, un profesor de mala fe, charlaba amenamente con los otros tres oscuros parroquianos, contento pues en ese momento no tenía nada que revelar, sólo hablar papanatadas sin sentido y preguntarles cosas a los demás. Hace tiempo que no tenía esa oportunidad, preguntar y preguntar, que distinto era eso en comparación a sus vivencias cotidianas, siempre cargadas de la tensión de ser cuestionado y responder.

- ¿Quieren una canción?- preguntó una pareja de ancianos con unas guitarras a cuestas.

- Si – respondieron todos al unísono.
Los Viejos Guitarrista prepararon el ambiente de los parroquianos con el oficio de décadas de serenatas de Cantinas. Contaron un par de chiste añejos que a pesar de los años aún causaban risas. Primero tocaron una cueca picaresca que golpeó directo en los cachos a los comensales de la mesa contigua que estaban celebrando la despedida de soltero a su integrante más joven. Los cuatro hombres oscuros se rieron de esa situación, como si fuera una conspiración todos levantaron sus copas e hicieron un largo salud.

La atmósfera de la antigua Picada criolla de los papeles y mensajes alegres, y seudo-trascendentales se empezó a humedecer, nadie pidió contraseña, ni permiso, ni mucho menos se trataron de canallas, pues ellos sabían a ciencia cierta que lo eran.

Después de una breve introducción que hablaba del destino, los dos canosos trovadores se depositaron sus guitarras en sus abultadas barrigas, acariciaron las cuerdas con sus brazos cortos, y en su sentido canto se alzaba un himno de la constante perdida “Por Una Cabeza” de Alfredo Le Pera.

Por una cabeza /todas las locuras, /su boca que besa /borra la tristeza,/ calma la amargura.
Por una cabeza /si ella me olvida/ qué importa perderme,/ mil veces la vida/ para qué vivir...

Fue en ese momento que los cuatro hombres comenzaron a ejecutar el conocido acto de la desaparición, (utilizado anteriormente por muchos personajes notables, pero no por eso menos efectivo) al sonar los primeros acordes sus cuerpos comenzaron a diluirse lentamente en el aire al igual que el contenido de sus vasos. Los cuatros por igual trataban de captar el momento, la frágil particularidad que emanaba de ese episodio, cazar imágenes antes de desvanecerse y abandonar ese mundo con un aura victoriosa y melancólica.

Imágenes captadas por los cuatros seres oscuros antes de desaparecer.
- Los dientes de oro del cantante que lanzaba gotas de saliva cuando su canto emocionado alcanzaba el clímax.
- El canto agónico y nostálgico de un Mc`s loco, que quería aplastar al sistema capitalista un poco antes que perdiera el esquivo corcel.
- El humo expelido por un cuervo nostálgico, recordando algún episodio, buscando desesperadamente algunos restos de su pasado en unos cuadritos de duraznos.
- Las dudas de un Béngales, que se cuestiona la universalidad del idioma musical justo antes de preguntarle al Mc`s loco cuando se había aprendido esa canción.
- La guitarra parchada y levemente trizada del cantante de los dientes de oro y el pelo color ajo.
- La cara del Señor K, tratando de idear una alquimia capaz de alterar los recuerdos, las imágenes y trasformarlos en una nueva realidad.
- Los $2500 que dejaron los oscuros parroquianos al momento de terminar la canción.
- Los cuadros de cobre apostados en todos los rincones de la muralla poniente.
- Los platos sucios, los huesos, los resto de ensalada, y las colillas de cigarro en los ceniceros.
- El Profesor, pensando en todos las mujeres que habían pasado por su vida y se habían perdido como las apuestas del hipódromo.
- En el cabello teñido del segundo guitarrista y su viejo vestón gris.
- La mirada concentrada de los parroquianos observando el contenido de su vaso justo antes de beber su liquido.

Al final los cuatro oscuros caballeros desaparecieron satisfechos, pues habían alcanzado su objetivo, poseer parte de un tiempo continuo, que solo les pertenecía a ellos y el cual lo podían intercambiar y acomodar de formas infinitas e independientes, en las noches en que nada ocurre y en que él fino mosto con o sin durazno escasea.

martes, julio 26, 2005

El Lejano Sonido de las Sirenas. (Cuarta Parte y Final)

El Lenteja estaba desesperado por dinero, pensaba no volver a robar, estaba harto de atados, pero se encontraba en el límite. Sentía los pies pesados, un dolor en el estomago que le retorcía las entrañas, no había comido en todo el día y tenia la boca seca. Pensó ir a la casa de su tía a pedir comida y unas monedas para un copete. La idea de visitar la Población Nueva Peñaflor lo tenia sumido en un conflicto, por un lado estaba la oportunidad de conseguir un plato caliente y unos pesos, pero también representaba un gran riesgo, en el barrio todos lo ubicaban y se podía llevar una golpiza de puta madre, había dejado demasiadas cagadas en el último tiempo para pasar desapercibido. El Lenteja estaba lejos de su habitual aspecto de galán de barrio, ya no usaba camisas de colores vistosos combinados con pantalones de gabardina cuidadosamente combinados, toda su preocupación por el vestuario terminó olvidada en algún callejón sin salida. Le había crecido la barba, llevaba el pelo descuidado y grasoso, tenía una chaqueta de mezclilla amarrada a la cintura, poleron con capucha negra y unos jeans raídos, su presencia, su olor y su semblante era el de un vagabundo.

El Porcino siguió al Pedro por media cuadra, al llegar al pasaje Galvarino Pedro es tomado por el hombro, se da vuelva y le dijo -¡qué te pasa hueón, si ya te dije que no tengo plata!-, el Porcino, no entendía razones. Sacó un cuchillo y se lo puso al frente de la cara, el Pedro le dijo que se calmara, pero el Porcino estaba enceguecido, -¡Suelta las monedas conchetumadre si no queris que te raje el paño¡- dijo el asaltante. Pedro no estaba dispuesto a entregar la plata. Necesitaba ese dinero para mantener la casa mientras estuviera cesante, -¡No pasa loco, ya te dije que no tengo plata!-dijo Pedro tomando distancia de su agresor, -¡vos te lo buscaste gil culia’o¡- dijo el Porcino con una expresión de odio en el rostro. Él tomó su cuchillo y sin pensarlo se abalanzó sobre su victima, Pedro alcanzó a esquivarlo y la estocada sólo le rozó la camisa, él quedó un poco desestabilizado, momento que fue aprovechado por su victima para golpearlo con el puño en el rostro, no pensó en arrancar al contrario tomó una piedra, cuando levantó la vista, el Porcino le clavó una certera puñalada en el lado derecho del pecho, Pedro a verse comprometido por el metal del cuchillo, con la piedra que aún mantenía en la mano golpeó la cabeza del Porcino. Los dos cayeron al suelo.

Saboreaba su plató con esmero. El Lenteja disfrutaba de la generosidad de su tía. Estaba sentado bajó un parrón. Escuchó un ruido que le llamó la atención, se paró y salió a la calle, desde ahí observó como el Porcino acuchillaba a un transeúnte. El Lenteja pensó que esta era su oportunidad, y salió presuroso a su encuentro.

El Porcino se recuperó rápidamente del golpe, recoge el cuchillo y lo esconde bajo la manga de la chaqueta, revisa los bolsillos de su victima, saca unas monedas, una cajetilla de cigarro y la billetera. Mira a los cuatro costados. Hola viejo amigo -dijo el Lenteja-, Él lo mira a los ojos, no lo veía desde el incidente del río, el Porcino se quedó paralizado por un segundo, siente un pequeño calor en la espalda, -¡hola pos conchetumadre¡ ¡tanto tiempo mamacita¡- dijo el Porcino con una sonrisa mordaz en la cara. Llegó el momento que arreglemos cuentas pendientes maricón, -dijo el Lenteja- escupiéndole la cara. El Porcino sacó su cuchillo, pero el Lenteja le había colocado tres cuchilladas. Una cuando él estaba sacándole el dinero al joven que estaba sangrando en el suelo, las otras dos se las calzó cuando lo encaró. De una patada en el estomago botó al Porcino al suelo, después le quitó el dinero.

Las señoras de la cuadra comenzaron a salir al patio de sus casas, a lo lejos se escuchaban los sonidos de las sirenas. Gritos de histeria golpeaban las paredes de las viviendas. Los pobladores no se atrevían a intervenir, miraban con desconfianza detrás de las rejas. Él se levantó con sus últimas fuerzas, y frente a las miradas cautivas de los vecinos, tomó una piedra y golpeó en la cabeza al Lenteja, y le quitó el dinero de las manos. La billetera empapada en sangre acompañó la agonizante carrera de Pedro, se alejó lo más posible, una de sus manos presionaba su pecho sangrante y la otra revoloteaba pesadamente por el aire. La policía estaba a unos pocos metros de Pedro, éste se dejó caer al suelo y pidió ayuda. Los carabineros los tranquilizaron, -¡muchacho, calma ya viene la ambulancia!-. El Lenteja recuperó a medias la conciencia y trató de escapar, siente un liquido caliente en la espalda y en el estomago, y una sensación húmeda que lo inunda de temor, a unos metros es detenidos por los Carabineros, en ese mismo instante palideció y cayó al suelo. Desde su lecho el Porcino le grita, -Nos vamos a ir juntos mi amor-. El Lenteja tenia cuatro puñaladas en el cuerpo, se la había encajado el Porcino cuando el joven asaltado golpeó al Lenteja en la cabeza, él cayó al costado del Porcino, momento que aprovechó para filetearlo.

Eran las tres de la tarde en el hospital del Tórax, las visitas esperaban la autorización del enfermero para entrar a ver a sus parientes. Jaime y Karen tomados de las manos caminaron por el pasillo, al entrar a la pieza de los pacientes, encontraron vacía la cama de Pedro. Jaime salió en busca de su hermano, desde el baño un hombre con un camisón blanco, pantuflas y una bata roja arrastra una caja de madera de la cual sale unos tubos que se conectan con su pecho, él hombre caminó hacia su encuentro. Pedro y Jaime se abrazaron.

domingo, julio 24, 2005

El Lejano Sonido de las Sirenas. (Tercera Parte)

Pedro siempre supo que vivía en un lugar difícil, pero nunca pensó que la gente de su propio barrio se iba a transformar en una amenaza. Pedro quiso comprarse una corta plumas o un bastón de defensa, pero no lo hizo, por culpa de unos hueones no iba a desconfiar de toda la gente, eso a él le molestaba, no quería pensar que vivía dominado por el miedo, además como iba a tener la mala suerte de toparse a cada rato con el Lenteja y su gigantesco secuaz. Pedro sabía que podía vivir ese mes tranquilo, que después de esta fechoría el Lenteja y el Porcino iban a desaparecer del sector por un par de semanas.

En la bomba se sabían muchas cosas. Durante un mes el bombero al cual el Lenteja había amenazado con un cuchillo, les preguntaba a los carabineros si habían atrapado a los asaltantes de la bomba Copec, los carabineros llenaban sus estanques, se fumaban un cigarrillo y le contestaban que no tenían ni un rastro de esos pinganillas, después de eso se marchaban en sus patrullas, el bombero al cual le decían Chacho murmuraba unos garabatos y golpeaba el suelo con las puntas de sus bototos. Un día, el Paco López llegó en su moto, pidió que le llenaran el estanque de gasolina, llamó al Chacho y al Pedro. Les preguntó si ellos fueron los asaltados, los bomberos asintieron con la cabeza, el paco López, sin que nadie le preguntara les contó que él tipo al cual apodaban “el Porcino” estaría involucrado en una asesinato de un campesino que había tenido lugar en la costanera del río Mapocho a unos cien metros del puente Pelvín, pero la policía aún estaba investigando.

La música de la radio Pudahuel alegraba el ambiente en la bomba Copec. Pedro preparaba unos combinado en la caseta, con un pisco que había comprado en el supermercado antes de iniciar su turno. El Chacho conversaba con don Ismael. El Pedro se acerca a ellos con tres vasos.

Don Ismael era un viejo conocido por los bomberos de todas las bencineras de Peñaflor, en ellas guardaba los carritos de la basura, los cuales pasaba a buscar de madrugada antes de comenzar su jornada laboral. Don Ismael sólo necesitaba una par de sorbos para ponerse alegre, ya al tercer vaso contaba sus hazañas sexuales con las viejitas de la población, según sus comentarios el aún era capaz de echarse tres cachas por noche, después de cada historia don Ismael amenizaba el relato con una canción (de preferencia boleros), al cantar dejaba al descubierto la ausencia de sus dientes delanteros, sus lengua ocupaba su espacio lanzando saliva a destajo, entre más emoción ponía a la interpretación más saliva lanzaba.

El Chacho cambió la radio, estaba un poco aburrido con el espectáculo de don Ismael. Por la esquina izquierda aparece un joven con una botella en la mano, Pedro lo observó con recelo, el joven caminó derecho por la bomba sin mirar a nadie, don Ismael sale de la oscuridad y le dice- ahora no saluday po’s roto, quién te ve y quién te viera-, el joven levanta la cabeza y le contesta - ¡buena don Ismael!, ¿No se toma un traguito conmigo?-, don Ismael dice con confianza -No puedo, tengo que ir a trabajar, por qué no te acercas y te sirves algo con nosotros-, el joven se acercó, su nombre era Esteban.

La conversación se dio fluida y en un clima de respeto, después de unos buenos tragos la confianza estaba en su punto más alto. Esteban quiso contar una historia. Primero le Preguntó al Chacho y al Pedro si conocían al Lenteja, ellos contestaron que sí, pero no dijeron nada del asalto. El Esteban se frotó las manos y se tomó un buen sorbo de copete. Los ojos del Pedro casi se salían por la expectación. Mire don Ismael esta historia la supe hoy, saben del crimen de campesino y que el principal sospecho es el Porcino, - si sabemos, contestaron los bomberos-, pero eso no fue todo. El Porcino asaltó a un viejo campesino, se fue en la volada y lo mató, pero el hueón no se conformó con eso, además escondió el cadáver en una pequeña caleta debajo del puente Pelvín, donde acostumbraban tomar y drogarse con sus amigos. Tapó al difunto bajo unos cartones y le colocó una colchoneta encima. Supuestamente el asesinato del campesino ocurrió al atardecer a eso de las ocho, después la caleta quedó vacía, como a las once y media de la noche llegó el Lenteja con unos longis a tomar a la caleta, estaban meta Pito, Angustia y vino tinto, creo que hasta Neo había, estaban en lo mejor del carrete cuando llega el Porcino y se puso a tomar con ellos, en una de esas un huéon hizo un comentario sobre el mal olor del lugar y el Porcino se cagó de la risa, y le muestra a todo el grupo el fiambre que tenía escondido. El Lenteja entró en pánico, se volvió mono y le sacó la madre al Porcino, pues cómo se le ocurría involucrar a toda la manga en un asesinato escondiendo un cadáver en un lugar que les pertenecía a todos, ellos podían ser ladrones, pero en ningún caso eran asesinos. El Porcino con la cara de un desquiciado le dijo al Lenteja que le ponía demasiado color, qué el tonto hueón del campesino se lo buscó, y que ahora sólo era un pedazo de carne hedionda. Él se arregló la chaqueta de cuero y le preguntó al Lenteja con un tonó de voz burlona, ¿qué te pasó en la cárcel Lentejita?, ¿Te transformaste en Mamita?, ¿Se te quemó el arroz?, Vociferando al resto de los presentes, les preguntó por ultima vez si había salido de la cana como un maricón. El Lenteja se puso furioso y se abalanzó sobre él con una ráfaga de golpes. Los amigos de ambos dejaron las risas nerviosas y se dedicaron a separarlos. El Porcino se limpió la sangre del labio, y le dijo al Lenteja sí tenía miedo de volver a la cana, o te quedó gustando comer pescado por el culo. El Lenteja trató de alejarse del lugar, fue en ese instante cuando el Porcino le pegó con un palo en la cabeza, el Lenteja quedó medio aturdido, situación que fue aprovechada por el Porcino y el resto. Lo amararon de manos y pies, después lo tiraron sobre el colchón que había sido utilizado para tapar al campesino, lo golpearon para ablandar su carácter y procedieron a violarlo. Cuando Esteban terminó la historia, la bomba quedó en silencio por algunos segundos, don Ismael, Chacho y Pedro se miraron con asombro.



Al terminar el verano Pedro renuncio a la bomba, quiso buscar nuevos horizontes, llevaba dos semanas cesante, pero con posibilidades ciertas de volver a trabajar. Ese día le tocó ir a buscar su finiquito en la mañana, por la tarde Pedro salio con su polola Jenny, fueron al cine, después pasaron a comer a un salón de comida rápida, al volver a Peñaflor, se besaron en la Plaza. Jenny tomó un colectivo y se fue. Pedro caminó en dirección a su casa, al llegar a la esquina de Vicuña con el camino de Diablo prendió un cigarrillo, cruzó la calle. Detrás de los árboles apareció la figura del Porcino, estaba borracho, le pide un cigarrillo, Pedro saca uno, el Porcino lo tomó y comenzó a fumar. El Pedro sentía un coraje enorme que era dominado de cabeza a los pies sólo por la razón y el recuerdo, no tenía fuerza para echar a peder un día tan maravilloso como ese. Pedro decidió dejar pasar las venganzas personales, qué sacaba, con ese convencimiento siguió su rumbo. El Porcino después de unos metros, le gritó – ¡socio pare! -. Pedro se detuvo y observó como se acercaba, -¿Sociate no tiene gamba que me regale?- dijo el Porcino totalmente angustiado. Pedro le contesta con firmeza - loco no tengo -.

viernes, julio 22, 2005

El Lejano Sonido De Las Sirenas. (Segunda Parte)

Un mes después del asalto frustrado por Pedro, su hermano Jaime carreteaba en la casa Nº 225 del pasaje Galvarino de la Población Nueva Peñaflor. Jaime estaba afuera de la casa engrupiéndose a una mina exquisita llamada Karen. Ella se movía coqueta, él recostado en un árbol trató de tomarla por la cintura, ella se resistió un poco pero terminó cediendo a las insinuaciones de Jaime. Se besaron apasionadamente, Jaime le había facilitado su lugar a Karen, él presionaba el cuerpo de Karen contra el árbol mientras recorría con sus manos su voluptuosa figura.

El Porcino y el Lenteja estaban sentados en el comedor, desde ahí observaban a la gente mientras bebían un combinado mezclado en una botella de coca-cola. La gente disfrutaba de la fiesta. Las jovencitas bailaban al ritmo de la cumbia. La mayoría de los asistentes conocían a los dos granujas que estaban tomando en el comedor, pero los ignoraban, si bien eran conocidos por ser cuaticos, no revestían mayor peligro.

Él fumaba, el humo del cigarrillo lo envolvía en misterio, su camisa roja resplandecía con las luces de fiesta, sus pantalones de tela color beige estaban manchados con vino tinto, él tomaba el vaso como si fuera un caballero de alta alcurnia. El Lenteja tenía su fama de galán, era indudable su éxito con las mujeres, pero de él se contaban muchas historias turbias. Todos sabían que se ganaba la vida vendiendo pitos en la plaza de Peñaflor en la esquina del pool, también se cuenta que fue procesado por homicidio y que pasó un mes por la cana antes de salir por falta de meritos. La gente del sector comentaba que el Lenteja lo había pasado muy mal ahí adentro, que lo habían golpeado y violado. Su acompañante el Porcino era un verdadero mastodonte, uno lo podía reconocer a cien metros de distancia, su calva, su metro ochenta y cinco de estatura, y sus ciento veinte kilos de peso lo transformaban en una persona imposible de ignorar, además sus atuendos le daban un aspecto de temer, utilizaba una gastada chaqueta de cuero de motociclista, poleras negras con estampados de grupos punks, jeans apretados y unas blancas zapatillas converse de caña alta con vivos rojos. El Porcino era una especie de maestro espiritual para los nuevos punketas, era común verle en la plaza conversando con jovencitos de mechas multicolores y paradas, hablando de cómo el sistema los relegaba a la marginalidad y como ellos, los ignorados debían unirse para defenderse de la agresión capitalista.

Jaime estaba enganchado de Karen, le gustó desde que la conoció en la escuela básica Nº 6, ella iba un curso más abajo. Siempre la veía pasearse por el patio con su jumper azul, y sus trenzas liadas con cinta blanca. Karen había crecido, ya no usaba cintas en el pelo, y su cuerpo había adquirido formas que no se podían ocultar en un uniforme de colegio. Jaime y Karen se abrazaban, era el comienzo de un idilio romántico, que se gestaba bajo el alero de un árbol.

El Porcino y el Lenteja salen de la fiesta totalmente aburridos. El Lenteja se queda inmóvil, observa como la pareja se besa apoyada en un plátano oriental.

Karen entró gritando a la fiesta, pedía ayuda, nerviosa trata de explicar lo que sucedía. El Lenteja y el Porcino le estaban sacando la chucha al Jaime. Los hombres salieron en su defensa, pero los agresores ya habían arrancado. El Jaime fue a parar al hospital, estuvo dos días internado. La culpa agobiaba a Karen, no podía comprender cómo en el pasado pudo salir con un tipo como el Lenteja.

Esa noche el Pedro trabajaba en la bomba Copec de Vicuña Mackenna con Luis Araya Cereceda. La noticia de la golpiza de su hermano lo removió de un temor que nunca había sentido, la angustia le oprimía el pecho, pescó su chaqueta y partió corriendo al hospital.

Durante un buen tiempo no hubo noticia de ellos, era como si hubieran desaparecido de la faz de la tierra. El Porcino no se aparecía por la plaza con sus rapados discípulos de bototos y cadenas, tampoco pedía monedas a la salida del supermercado. Como era lógico el Lenteja dejó el negocio, otro dealer comenzó a usar su esquina para vender pitos.

La familia del Pedro se dedicó a cuidar al Jaime. Interpusieron una denuncia ante carabineros pero no hubo noticias. Karen visitó a Jaime los dos días que permaneció hospitalizado, sin darse cuenta Jaime y Karen comenzaron a pololear. Poco a poco la vida de la familia Valdivia volvía a la normalidad.


Caminaron cabeza agacha, por las sombras de la calle, de improviso un filo de metal sale a relucir. El Lenteja tomó a un bombero por la espalda y le colocó un cuchillo en el cuello, el Lenteja observó al Pedro, pareció reconocerlo, cuando pequeños jugaron juntos a la pelota en el club deportivo Esperanza. Él sabía que había golpeado al hermano. El Lenteja le gritó al Pedro que le entregara el dinero de la caja, éste se negó, ante esta oposición el Lenteja presionó el cuchillo en el cuello de su rehén, unas gotas de sangre ven la luz y manchan el overol del asustado hombre, éste le pidió al Pedro que le haga caso a los asaltantes. Pedro caminó lentamente hacia la caja buscando una oportunidad para atacar al asaltante. Desde las sombras el Porcino percibió las intenciones de Pedro, y sacó una escopeta hechiza de su chaqueta. No hubo nada que hacer, Pedro entregó todo el dinero de la caja, setenta mil pesos. Los maleantes salieron arrancando. Pedro los reconoció en el momento que eran los agresores de su hermano, al verlos se sintió levemente paralizado, pero no por temor sino por una rara especie de incredulidad, rápidamente este sentimiento se transformó en rabia, pero ya era demasiado tarde, estos dos maleantes habían sacado sus armas. Sus manos estaban dominadas por un ligero temblor, aún escuchaba latir su corazón, Pedro ya había dado aviso a carabineros, estos llegaron minutos después, pero el temblor de sus manos no desaparecía.

jueves, julio 21, 2005

El Lejano Sonido De Las Sirenas.( Primera Parte)

La sirena de la ambulancia alarma a los pobladores de la Nueva Peñaflor. Pedro ha sido apuñalado, los enfermeros lo suben a la camilla y lo acomodan en el vehículo. Unos metros mas haya dos personas yacen moribundas en el pavimento. Los carabineros cercan el lugar y trabajan el terreno del suceso.

Los enfermeros conducen raudos por la avenida. Pedro mira a la doctora, ella delicadamente le toca la frente, Él le pregunta si se va a salvar, la doctora no contesta, pero le esboza una sonrisa.

La doctora desnuda al paciente, reconoce su cuerpo apuñalado. Pedro se pone de espalda, la doctora toma una botella de agua oxigenada y la voltea sobre el cuerpo ensangrentado, con una gasa limpia los cortes, luego procede a suturar las heridas.

Pedro nunca pensó que iba a estar en posición de matar a alguien, siempre le causó culpa dañar a otras personas, el remordimiento era un peso que le costaba cargar. Pero no le quedó otra alternativa, eran ellos o él, además él trató de evitar el conflicto pero ellos insistieron en enfrentársele. Ahora su vida colgaba de un hilo y parece que su batalla no tuviera sentido.

La sala de espera de la Urgencia del Hospital de Peñaflor se encuentra llena de enfermos, la camilla pasa directamente a una sala ubicada al interior del pabellón, destinada a los pacientes graves. Las personas que esperaban en el lobby observaron con incredulidad el episodio.

Él no tiene miedo, sabe que ya no puede hacer nada, que todo esta en manos de otros, el ya hizo su parte que era llegar vivo hasta el hospital. Toda ansiedad y nerviosismos alteraría su animo, y eso puede ser perjudicial para su frágil presente. Pedro abre los ojos lo más que puede y trata de observar lo que sucede a su alrededor, si los cierra puede ser la última vez que vea algo.

Los doctores se mueven eléctricamente. Giran su cuerpo, limpian sus llagas con un nuevo antiséptico, el paciente siente una presión en el pecho, todo se vuelve confuso para Pedro que intenta infructuosamente mantenerse conciente. El doctor a cargo de procedimiento ordena un pleurostomia en el pulmón derecho (drenaje que busca sacar la sangre y el aire que oprime al pulmón), el doctor asistente cuenta tres costillas e infiere un corte, en él introduce dos tubos en su pulmón. Una vez estabilizado el paciente lo deriva a la sala de radiología, Pedro se mueve por sus propios medio y trata de sentarse en una camilla, en esos instantes se desvanece victima de un paro cardiorrespiratorio.



Un año antes, Pedro intervino en un asalto a una señora, no hizo mucho, sólo se paró a un costado de los asaltantes y los increpó, al observar el revuelo los maleantes arrancaron. Era la Primera vez que se enfrentó al Porcino y al Lenteja.